
“Solo pude agacharme y protegerme detrás de esa puerta que evitaba daños en mi cara, porque por dentro ya estaba queb
Solo pedí dinero para pagar el recibo del agua cuando vi empuñada tu mano contra mí, aquella mano que me había acariciado, sostenido, amado; aquella mano que había tomado por años y que llevaba mi nombre grabado en su anillo. Solo reaccioné a abrir la puerta del clóset como escudo, y mientras escuchaba golpe tras golpe —uno más fuerte que el otro—, dentro de mí se iba rompiendo la vida entera: todo lo que había construido por años, tantos sacrificios, tanto amor, tantos sueños.
Incrédula y con las lágrimas rodando por mis mejillas, me iba desmoronando poco a poco. Todo se quebró por dentro: mis ganas de salir adelante, de creer en el amor, de sentir que valía la pena vivir por algo o por alguien. De un momento a otro, me sentí como una niña terriblemente asustada, vulnerable, que temía por su vida. Solo pude agacharme y protegerme detrás de esa puerta, que evitaba daños en mi cara, porque por dentro ya estaba quebrada.
Han pasado muchos años —demasiados— y he evitado recordar, he intentado borrar de mi mente el pánico de ese día. Pero ahora que lo escribo, lo vuelvo a vivir y lloro como aquella vez, con la voz entrecortada y sin entender por qué la persona que juró amarme fue la misma que me destruyó.
Tras mucha terapia, ante mi dolor de seguir amando al que me había roto, y armándome de valentía, hice lo que tenía que hacer, frente a los ojos incrédulos de la sociedad, la familia y las autoridades. Donde tienes que justificar que eres una víctima ante una sociedad que te culpabiliza por lo que viviste, que te exige que coloques la otra mejilla y sigas recibiendo golpes.
¿Cómo explicarles a tus hijos, a tu trabajo, a tu familia y amigos que estás rota por dentro, aunque te levantes todos los días, vuelvas a luchar y aparentes estar perfectamente bien? ¿Cómo te levantas cada día y enfrentas esa sociedad tan exigente, con tus hijos delante, con las cuentas por pagar, sanándote poco a poco mientras tratas de cumplir con todo lo que se te exige por ser mujer y madre?
¿Cómo eres capaz de decirle a esa niña asustada que vive dentro de ti que no va a volver a suceder, que vas a encontrar nuevamente una mano fuerte que te acaricie y te proteja, y que no te va a hacer daño? ¿Cómo ves la belleza en todo lo que te rodea? ¿Cómo floreces después de que te rompieron? ¿Cómo vuelves a mostrar tu sonrisa sincera a la vida y a creer de nuevo?
Pero, sin darte cuenta, descubres la fortaleza en ti y sales adelante, aunque todos los días tengas que mirar a esa niña asustada en el espejo, abrazarla y susurrarle que todo está bien, que no hay peligro y que se merece ser feliz.
Puedes levantarte de las cenizas y florecer de nuevo, porque la vida tiene muchas cosas hermosas para ti.
3 Claves para Proteger tu Dignidad y Sanar del Abuso
1. Reconoce que el abuso no es tu culpa
El primer paso hacia la sanación es comprender que ninguna forma de maltrato —físico, emocional, psicológico o económico— es justificable. No eres responsable por las decisiones abusivas de otro. Reconocerlo rompe el ciclo de culpa y silencio.
2. Busca ayuda profesional y espiritual
No enfrentes esto sola. Acude a una red de apoyo: psicólogos, líderes religiosos, familiares confiables o líneas de ayuda. Fortalecerte emocional y espiritualmente te dará claridad para tomar decisiones seguras para ti y tus hijos, si los tienes.
3. Pon límites firmes y seguros
Establecer límites no es egoísmo, es amor propio. Si estás en peligro, aléjate físicamente. Si aún estás en la relación, comienza a trazar límites emocionales y económicos. Decir “basta” es un acto de valentía que inicia tu camino hacia una vida digna.
