
““Comprendí que no estaba obligada a permanecer en una relación sin paz. Mi pacto matrimonial no debía atarme al sufrimiento.”
Me casé joven y enamorada, con grandes expectativas de un matrimonio lleno de amor y metas compartidas. Vi en mi esposo el deseo de construir una familia diferente a la que había vivido, y confié en ello. Sin embargo, a los seis meses comenzó un ciclo de violencia psicológica, manipulación y control, al que cedí repetidamente sin poner límites.
Cada vez que él estaba por llegar del trabajo, mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente. Sentía malestar, ansiedad, y solo pensaba en que todo estuviera perfecto para evitar su enojo. Me esforzaba por complacerlo en todo, creyendo que así evitaría los conflictos.
Por momentos, todo parecía estar bien: era atento, un buen proveedor, cubría nuestras necesidades materiales. Pero cuando algo no le gustaba, su temperamento cambiaba. Gritos, chantajes, objetos lanzados al aire y palabras hirientes se volvieron parte de mi rutina. Yo guardaba silencio, atrapada en el miedo, la ira y la impotencia.
A esto se sumaron las infidelidades, las mentiras y las traiciones. Y aun así, no me permitía salir. Mis creencias me hacían pensar que debía soportarlo todo para salvar mi matrimonio, honrando aquella promesa de estar juntos para siempre.
Busqué respuestas en la oración, en libros, en ayuda profesional y espiritual. Como psicóloga, entendía la teoría, pero mi alma dolía demasiado. Sentía que me ahogaba.
Un día, mientras estudiaba la Biblia, encontré 1 Corintios 7:15:
“Si el cónyuge no creyente decide separarse, no se lo impidan. En tales circunstancias, el cónyuge creyente queda sin obligación; Dios nos ha llamado a vivir en paz.”
Esa palabra iluminó mi alma. Comprendí que no estaba obligada a permanecer en una relación sin paz. Mi pacto matrimonial no debía atarme al sufrimiento. Al hablar con mis líderes espirituales, confirmaron que mi integridad era más importante.
Con este nuevo entendimiento, comencé a poner límites sin miedo. Apliqué mis conocimientos, aprendí a hablar con firmeza, a dar poder a mi voz y a ser escuchada. Todo, guiada por Dios en oración y con el apoyo de ellos.
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7)
Esta experiencia me enseñó a reconocer mi valor, a fortalecer mi autoestima y, como creyente, a encontrar mi verdadera identidad en Cristo Jesús. Aprendí que el amor propio es esencial para vivir en plenitud.
Para mi asombro, mi esposo tomó conciencia del daño que nos causó a mí y a nuestras hijas. Inició un proceso de sanación, buscando ayuda profesional y espiritual. Poner límites lo enfrentó a una mujer decidida y valiosa, que ya no aceptaba menos de lo que merecía.
Me pedí perdón a mí misma,a mis hijas y a mi familia, quienes sufrieron al verme en esa situación. Retomé mis sueños, estudié la carrera que siempre quise y ahora vivo una nueva etapa con mi esposo y mi familia.
Hoy sigo trabajando en mis proyectos y en un programa con el que anhelo guiar a otras mujeres que han vivido relaciones tóxicas, mostrándoles que sí es posible salir y recuperar su poder.
Mujer hermosa, no importa cuán difícil parezca tu situación: siempre hay una salida. Dios nunca te deja sola y pondrá en tu camino personas dispuestas a ayudarte. Ármate de fe y valentía, porque en Él encontrarás fortaleza.
3 Principios para Sanar y Recuperar tu Poder en Medio del Dolor
- Dios no te llamó a sufrir, sino a vivir en paz
La fe no significa aguantar el maltrato. La verdadera paz viene cuando eliges la vida, la dignidad y la libertad emocional que Dios desea para ti.
Recuerda que un amor saludable no mina tu autoestima ni busca complacer al otro por encima de tu propia dignidad y bienestar. - Poner límites es un acto de amor propio
A veces, por miedo al abandono, toleramos, justificamos y pretendemos cambiar al otro a costa de nuestra propia felicidad. Lo complacemos en exceso para evitar la soledad y buscamos satisfacer carencias o cumplir expectativas sociales y familiares insostenibles que difieren de nuestra identidad.
Hablar con firmeza, defender tu voz y marcar lo que no toleras no te hace débil, te hace valiente. Una mujer que se respeta inspira cambio.
No es tu trabajo transformar a tu pareja, las personas solo pueden cambiar si ellas mismas toman la decisión de hacerlo. - Tu historia puede sanar a otras
Las tradiciones no siempre son las más sanas. Decide qué rescatar y qué no aceptar de tu cultura. Desde el amor y el perdón, atrévete a confrontar tus creencias y pregúntate: “¿A dónde me llevará esto?”. Toma decisiones conscientes para escribir una nueva historia y la de tu descendencia
Lo que viviste no fue en vano. Cuando compartes tu proceso y ayudas a otras mujeres a levantarse, tu dolor se transforma en propósito.
