“Mientras él libraba su batalla virtual,
yo peleaba una guerra real para proveer y salvar mi hogar.”
Durante la pandemia del COVID 19 , como familia que trabajaba de forma independiente, comenzamos a perder clientes importantes. Mi esposo se sentía cada vez más presionado por la situación económica, y yo intentaba mantener el equilibrio con los niños estudiando en casa. Era un caos: todos conectados a una pantalla, con fallas de internet, y sin poder enfocarnos mucho en nada.
Él, buscando una vía de escape, instaló un videojuego de caballeros y castillos. Al principio pensé que era solo una distracción temporal… pero poco a poco se volvió su prioridad. Hacía amigos en línea, pasaba noches enteras conectado, y fue descuidando lo poco que quedaba de nuestra empresa. Las deudas crecían, el dinero no alcanzaba, y su estado de ánimo se tornó agresivo, distante, indiferente.
Pensé que unas vacaciones podrían ayudarnos, así que fuimos a una finca de un familiar para oxigenarnos sin gastar mucho. Fue allí donde me dijo, sin rodeos, que estaba cansado de ser padre y esposo, que quería irse. Frente a los niños, dijo que ya no me amaba. Mi corazón se rompió en pedazos.
Pero en lugar de sentirme una victima, pensé en mis hijos: ¿cómo los sostendría en plena pandemia? Ya no teníamos seguro médico, él no estaba dispuesto a dejar el videojuego, y conseguir trabajo en ese contexto era casi imposible. No podía dejarlo a cargo de los niños: cada día estaba más violento.
Entonces decidí hacer lo que sí podía. Mientras él libraba su batalla virtual, yo peleaba una guerra real para proveer y salvar mi hogar, en mi estrategia militar inicié un pequeño emprendimiento que me permitió al menos cubrir lo básico. Atendía clientes mientras los niños estaban en clase virtual. No fue fácil, pero dije: “No puedo evitar que juegue. Hablar no ha funcionado. Pero victimizarme no alimentara a mis hijos.”
Me enfoqué en mi círculo de influencia: si yo estaba bien, podía ayudar a mis hijos a estar bien y era mejor que la mayor parte de la familia estuviera lo mejor posible pese a su influencia. Si él quería hacer de su vida un infierno, era su decisión. Oré con fe, me puse metas claras: leer las Escrituras cada día, trabajar con todas mis fuerzas, orar por él sin amargura, y darles todo mi amor a los niños.
Les hice sentir que, con o sin él, saldríamos adelante. Que mi felicidad no dependía de su presencia, sino de Jesucristo en mi vida. Que yo era autosuficiente y lucharía con todo por ellos. Fue duro. Hubo días muy difíciles. Pero algo cambió:Un él decidió ir a terapia.
Dos años después, logró vencer su adicción, recuperar la confianza de sus hijos y también la mía. Las ventas se estabilizaron mejoró mucho como esposo, padre y líder ahora es un hombre totalmente diferente, aprendí que amar a veces significa darle la oportunidad y el tiempo al otro de estrellarse y aprender aunque nos duela.
Creo que la clave, en una crisis así, es darnos tiempo para ver cómo evolucionan las cosas sin apresurarse ni tomar decisiones aceleradas. Enfocarnos primero en estar bien nosotras, proteger a los niños, aferrarnos al Señor, y trabajar fuerte por cubrir las necesidades espirituales, emocionales y temporales de la familia mientras baja la marea o se resuelve el asunto, eso mantiene la mente ocupada en la solución, no en el dolor y te da un sentido de dignidad, de independencia que hace que se más llevadera la crisis.
3 Consejos para mujeres que viven con adicción ajena
1. Tú no eres responsable de su adicción, pero sí de tu bienestar
Es natural sentir culpa, frustración o querer “salvarlo”, pero la recuperación de una adicción es un camino que él debe decidir recorrer. Tu tarea no es rescatarlo, sino proteger tu paz, tu salud mental y la de tus hijos. Establece límites firmes y claros desde el amor propio.
2. No te aísles: busca apoyo real y seguro
Habla con un terapeuta, una red de mujeres confiables o líderes espirituales con criterio. Vivir con alguien adicto puede generar desgaste emocional, normalización del maltrato o autoabandono. Pedir ayuda no es debilidad: es autocuidado. No estás sola.
3. Sana tu corazón, incluso si él no cambia
Tu vida no debe quedar en pausa mientras él lucha con sus sombras. Es posible amar, orar y tener esperanza, sin dejar de avanzar. Retoma tus proyectos, fortalece tu autoestima, reconecta con lo que te da alegría. Estás llamada a florecer con o sin su recuperación y más si eres madre.
