De las cenizas a la fuerza para volar 

“Dios no evitó que me rompiera, pero me sostuvo mientras sanaba… y con sus hilos dorados, reconstruyó todo lo que creí perdido.”

Cuando creces en medio del dolor, todo lo que anhelas en ese “mañana” es un mundo ideal. Pero el mañana tenía algo diferente para mí.

Me casé muy joven, anhelando todas las promesas recibidas de un matrimonio ideal, en el lugar ideal y con el hombre indicado para mí. Fueron años especiales, humildes comienzos que nos transformaban en una mejor versión. Creía que había obtenido el boleto dorado y que mi sueño de un hogar eterno se había hecho realidad. Entonces, el conocido dolor volvió a tocar la puerta. Mi esposo, mi amado, mi escogido… había dejado de ser. Se dejó envolver por otros brazos y se alejó de mi corazón. 

Eso me quebró. Literalmente, me convertí en cenizas. Sentía que no había esperanza y que nada era real, que todas las promesas se trataban de un engaño, que nada tenía fundamento. El dolor, el llanto y la tristeza profunda embargaron mi alma y se apoderaron completamente de mí.

Fue la mirada profunda de esos ángeles la que me trajo de regreso una y otra vez. Era lo único que podía ver en medio de mi ceguedad. Si el mundo y la vida misma me habían fallado a mí, entonces yo jamás podría fallarles a ellos: mis hijos, la luz de mis ojos, los frutos de mi vientre. Ellos reunieron cada uno de los pedazos quebrados de mi corazón y, con toda su ternura y amor genuino, me enseñaron a levantar la mirada. Y allí estaba Él. Lo cierto es que siempre estuvo, pero yo me sentía tan perdida y confundida que no lograba verlo. Al mirar hacia atrás, entendí cómo mi amado Padre Eterno me había sostenido siempre y me había hablado con claridad. Solo había un par de huellas… porque Él siempre me llevó en sus tiernos brazos y enjugó cada una de mis lágrimas.

Entonces lo supe. Comprendí, con toda la certeza de mi corazón, con toda mi mente y fuerza, que si Él estaba conmigo, yo podría hacer todas las cosas. Confié con el alma entera en que todo estaría bien. Pude ver que, en medio de mi dolor, había muchas razones para tener verdadero gozo. Seguí abriendo mis ojos y empecé a asombrarme de todo a mi alrededor. 

Él abrió puertas que yo jamás habría podido abrir. Él cosió con su hilo dorado los pedazos de corazón que mis hijos habían reunido, y expandió su cielo para que yo pudiera tocarlo desde esta tierra. Cuánto lo amé. Cuánto lo amo. Por siempre lo amaré. Ahora Él es mi razón de ser y la clave de todo lo que soy.

La vida no es necesariamente un cuento de hadas, pero es realmente hermosa. ¿Cómo reconocerías lo dulce si no hubieras probado lo amargo? Hay muchas enseñanzas que la vida tiene para ti, y al final, todo será para tu bien.

Recuerda: no hay verdaderos finales, sólo verdaderos comienzos. Eres absolutamente amada por Aquel que todo lo comprende, y ese amor nunca acaba. No te conformes con menos.

3 Principios de Sanación

  1. Tus cenizas no son tu final, son el inicio de tu transformación
    Salvar un matrimonio roto no es señal de debilidad, es un acto profundo de fe, valentía y amor. No todas las historias terminan así. Si has sentido en tu corazón el deseo de luchar por tu relación, no estás sola. Dios es un Dios de restauraciones, de nuevas oportunidades, de milagros que logran lo que parece casi imposible.
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    Elegir quedarse no siempre es lo más fácil, pero cuando esa decisión nace del amor, del deseo sincero de perdonar y sanar, el proceso puede convertirse en un nuevo comienzo para la pareja y la familia. Restaurar un matrimonio no es volver al pasado, es construir algo nuevo a partir del compromiso, el arrepentimiento sincero, el perdón y la ayuda divina del Salvador.
  2. Reconoce tu dolor como parte del duelo, no como debilidad
    La infidelidad rompe estructuras internas profundas: confianza, autoestima, sentido de seguridad. Llorar, sentirnos rotas o cuestionar todo no es fracaso, es parte de un proceso de duelo legítimo. Validar nuestras emociones es el primer paso para comenzar a reconstruirnos.
  3. Aferrarse a los hijos en medio del dolor  en un salvavidas emocional
    Para las madres, los hijos se convierten en el ancla que las mantiene de pie cuando todo parece derrumbarse. Sostenernos en ellos no significa olvidarnos de nosotras mismas, sino encontrar en su amor una razón profunda para sanarnos y levantarnos. Esa fuerza que nace al mirar a los hijos no es dependencia, es valentía, es grandeza y a partir de allí podemos construir universos completos.

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